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Opinión

REALIDAD VS FICCIÓN

Por Eduardo García Martínez

 

Las ciudades turísticas tienen la obligación, por necesidad inherente a su condición de destinos recreativos, de convenciones, de descanso, de mostrarse siempre atractivas, seguras y dispuestas a brindar los mejores servicios.

Cartagena es un destino turístico no solo importante sino ampliamente conocido en Colombia y el exterior y su prestigio se ha consolidado en los últimos tiempos gracias a su historia, su cultura, su monumentalidad, su ubicación, sus atributos marinos, su gastronomía, su infraestructura hotelera y de convenciones.

Todo eso hace de Cartagena una ciudad con buen nombre. Muchos  anhelan  conocerla y disfrutarla. De hecho, centenares  de miles de personas llegan  cada año desde distintas ciudades del país y el extranjero a pasar momentos inolvidables en ella, y muchas regresan porque quedan amarradas de su magia. Llegan  en avión, en autos, en barcos de cruceros y aunque solo permanezcan poco tiempo, es suficiente para contraer la rara enfermedad del enamoramiento perpetuo que solo es posible conjurar con el regreso.

Sin embargo, la ciudad turística es como la mujer del césar. No solo debe serlo sino parecerlo. De ahí la necesidad de cuidarla, embellecerla, hacerla atractiva y segura en todos sus ámbitos. En ese compromiso, que es de las autoridades, el empresariado, la comunidad toda, se está fallando a pesar de innegables avances. 

La reciente redada contra organizaciones criminales dedicadas a la explotación sexual de niños y adolescentes, si bien mostró contundencia al lograr la detención de varios de los implicados, evidencia un problema de vieja data que debe ser erradicado por siempre. Cartagena no puede estar asociada a ese tipo de posibilidades en su oferta turística. Otra perniciosa costumbre es la de someter a los visitantes a pagar precios exorbitantes por productos o servicios que se ofrecen y en ocasiones se imponen a la fuerza.

El Centro Histórico y los monumentos de defensa de la época colonial, son la joya de la corona de Cartagena como ciudad patrimonio y como destino turístico. Su conservación ha demandado ingentes esfuerzos a lo largo de muchos años pero también se han enfrentado situaciones complicadas relacionadas con violaciones a las normas que rigen la materia… En el cordón de piedra son muchas las aberraciones arquitectónicas cometidas en el pasado reciente y que se siguen cometiendo sin que haya sanciones ejemplarizantes. La falta del Plan Especial de Manejo y Protección del Centro Histórico –PEMP-, ha permitido muchos desafueros.

El caso de la construcción del edificio Acuarela, con evidentes afectaciones a las visuales del castillo de San Felipe de Barajas, ha puesto en peligro el título de Patrimonio Histórico y Cultural que ostenta la ciudad, y a pesar de sus implicaciones, no se ha resuelto. En la vieja placita de la Serrezuela, en el barrio de San Diego, se construyó una gran muralla de cemento al frente de las murallas originales, mientras a varias edificaciones del centro y Getsemaní, se les ha agregado uno y dos pisos a la vista de todo el mundo.

La imagen que se proyecta de la ciudad como patrimonio y destino turístico en el concierto internacional, debe tener perfecta armonía con la realidad que se vive en su día a día. Porque se puede correr el riesgo de estar vendiendo algo que en verdad no se es, o no se tiene. Se trata de tener realidad, no ficción.

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