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Por: Eduardo García Martínez

Cartagena cuenta con kilómetros de playas, especialmente hermosas en Barú donde se vuelven insuperables en un lugar premiado por la naturaleza: Playa Blanca. Este paraíso estaba destinado a ser el mayor complejo turístico de calidad en el Caribe colombiano, basado en el Plan Maestro de Ordenamiento Físico para la isla de Barú y la Zona Norte – Acuerdo 14 de 1996-.

Este instrumento de planificación define políticas y precisa normas para orientar el uso del suelo y lograr un desarrollo armónico, integrándolo con las demás zonas que conforman el Distrito de Cartagena de Indias, estableciendo un desarrollo esencialmente turístico de tipo ecológico. También determina densidades y volúmenes de construcción permitidos.

Veintiséis años después de aprobado dicho acuerdo es muy poco lo avanzado en su aplicación. Por el contrario, las playas más hermosas se convirtieron en tierra de nadie con negocios de tercera categoría, sobre explotación del territorio, maltrato a la naturaleza, falta de tratamiento de aguas residuales, basuras y desperdicios, que se acumulan en los alrededores. Cientos de visitantes llegaban al lugar a diario con poco control de las autoridades, multiplicándose los fines de semana y puentes festivos. Playa Blanca pasó a ser una verdadera vergüenza.

Desorden, abusos, suciedad, inseguridad, deportes náuticos descontrolados, eran pan de cada día en aquel lugar donde hace tres décadas se planeaba desarrollar complejos hoteleros de gran categoría. Siendo ministro de Desarrollo Luis Alberto Moreno, trajo a Cartagena al presidente del Club Mediterránea de Francia quien auguraba gran futuro a Barú. Luego el presidente del Banco Mundial anunció que su entidad quería impulsar tres grandes proyectos: México, República Dominicana y Colombia. Barú volvía a ser el lugar escogido, pero se perdió la oportunidad de convertir la isla en el destino más espectacular del gran Caribe. México construyó Cancún y República Dominicana convirtió a Punta Cana en un verdadero paraíso turístico de alta calidad, con presencia de inversionistas de diferentes partes del mundo. Barú, sigue esperando.

El agudo problema de las playas requiere de una política pública audaz, realizable, capaz de generar desarrollo con beneficio social vinculando de manera justa y con beneplácito a las comunidades. Así, se puede garantizar disfrute a quienes buscan un entorno seguro, limpio y libre de triquiñuelas. Continuar con el cúmulo de desatinos que hemos soportado y hasta estimulado durante décadas, llevaría tarde que temprano a un callejón sin salida. Reabrir Playa Blanca ahora, sin solucionar los males padecidos antes de la pandemia COVID-19, sería un error. Todo lo malo se repetiría y el retroceso sería inevitable.

 

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