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Opinión

Disfrutar de nuevo a Cartagena

Por Eduardo García Martínez

Meses de cuarentena afectaron nuestra salud, nuestras finanzas, nuestras emociones y hasta nuestras esperanzas. Pero poco a poco iremos recobrando el equilibrio para disfrutar de nuevo todo lo que nos quitó la pandemia del coronavirus. Cartagena aguarda paciente y confiada. Espera que todos entendamos su necesidad de volver a ser la ciudad alegre que recibe a sus visitantes con afecto, la que se viste de fiesta para que todos disfruten de su encanto y sus hijos se sientan orgullosos.

Hemos estado como ermitaños forzados pero pronto volveremos a la playa, nos sumergiremos en el mar, contemplaremos el vuelo acompasado de los alcatraces, nos dejaremos acariciar de la brisa sobre las murallas, recorreremos las estrechas calles del Centro Amurallado, tomaremos una Kola Román y agradeceremos la rica y variada comida que nos ofrecen los restaurantes con sabores de todas las naciones.

Nos engolosinaremos una vez más con los dulces del portal y la música de Fidel. Escucharemos los pregones olvidados, leeremos un poema en las bancas del parque de Bolívar, miraremos como nueva la torre del Reloj, recorreremos el camellón de los Mártires, cruzaremos el parque del Centenario, volveremos a disfrutar arte escénico, musica, talento literario y Sabrosura en el teatro Adolfo Mejía, miraremos las flores moradas en los balcones de San Diego, nos sentaremos a conversar en los pretiles de la iglesia de la Trinidad para que otra vez nos enamore su plaza encantadora y los susurros calurosos de los poemas de Pedro Blas.

Retornaremos a Bazurto para degustar los platos de pescado más sabrosos del Caribe, bajaremos a La Boquilla para recordar las caricias salitrosas del mar en las tardes azuladas y el claroscuro de sus manglares preñados de jaibas y silencios cautivantes, iremos a las islas del Rosario que es como visitar el paraíso, tomaremos un trago pata e’garza para brindar felices por el retorno a la vida en plenitud.

Será poco a poco porque así lo exige la nueva realidad. Iremos con cautela, sin prisa pero con los cinco sentidos dispuestos para ver, oir, oler, degustar, tocar, sentirnos más vivos que nunca. Porque habremos recobrado el placer de la libertad, de salir y escoger lo que más nos apetece.

La pandemia convirtió el Centro Histórico en un paraje desolado.

Muchos negocios en la ciudad, del Centro Historico y Getsemaní han cerrado sus puertas, otros apenas sobreviven, todos necesitan apoyo. El abrazo simbólico de cariño y solidaridad es ir a los que permanecen, entrar, pedir la carta, ordenar, degustar. Es cierto que la mayoría de los bolsillos también están resentidos pero quienes tienen posibilidad de ir deben hacerlo, por gusto y acompañamiento. En crisis como esta que nos cambió la vida, no hay nada más agradable que un gesto o una palabra de aliento.

Los primeros visitantes del mar, las playas, los restaurantes, los bares, las calles, los monumentos, las islas, los parques, el teatro, seremos los propios cartageneros. Después, sin prisa, irán arribando los turistas del país y el mundo, por tierra, por aire, por mar. Tenemos la obligación de ofrecer una casa limpia, hospitalaria, ordenada, respetuosa para que quienes vengan queden eternamente enamorados y deseen volver. Comprometernos en una cruzada por el rescate de las buenas prácticas en el turismo es necesario. Tambien, tener en el horizonte la imagen de una Cartagena nueva, que se levanta de otra batalla que la ha dejado exhausta pero que, recordando su pasado glorioso, le da las fuerzas necesarias para erguirse por encima de todas las adversidades.

Cartagena debe seguir airosa, esperando a sus nuevos visitantes para ser admirada, querida, mimada. Se mantiene imponente, hermosa, irrepetible porque guarda en los pliegues de su vestido de piedra una historia que conmueve y enamora. Quiere seguir contándola a los visitantes del mundo. A los que ya la escucharon, a los que regresarán, y a quienes llegarán a recorrer sus calles, admirar su arquitectura, disfrutar sus noches mágicas y aturdirse con los atardeceres repletos de colores. Aquellos colores inigualables que hechizaron la imaginación de Alejandro Obregón, el artista que los convirtió en arte y los dejó plasmados en el lienzo y el mural para testimoniar que solo en una ciudad mágica como Cartagena, pueden darse estos milagros de la naturaleza y el talento.

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