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Covid-19 y perversidades humanas

Foto: Revista Semana

Por Eduardo García Martinez

Durante las tragedias afloran las acciones heroicas, la solidaridad más entrañable, el abrazo fuerte de quienes buscan ayudar a las víctimas, a los que han recibido los golpes más duros y necesitan apoyo material pero también una voz de aliento para sobrellevar el azote de la adversidad.

Así ha sido a lo largo de la historia y lo seguirá siendo cada vez que sobrevengan episodios que sobrepasan los límites de la normalidad. Durante los largos meses que lleva esta pandemia del coronavirus hemos visto cómo las brigadas sanitarias en conjunto pero también de manera individual médicos, enfermeras, auxiliares de la salud y aún voluntarios llenos de bondad han trabajado sin descanso para tratar de aliviar a los enfermos que se asfixian en los hospitales y en sus viviendas porque sus pulmones no alcanzan la saturación de oxígeno necesaria para sobreponerse al Covid-19. En una lucha sin cuartel contra la muerte, muchos de estos héroes han fallecido por que se contagiaron del peligroso virus que mantiene al mundo en un estado de ansiedad y estrés cada vez más sgudo y causa estragos en la salud humana, los sistemas hospitalarios, la economía de forma extraordinaria.

Por el lado contrario, las tragedias también suelen mostrar la parte más ruin de la especie humana y en lo que toca a nuestro singular país una vez más han aflorado esas marquilla que nos caracterizan: las de avivatos, desconsiderados, abusivos, patanes, y por supuesto y en grado superlativo, la de corruptos. No hacen parte de esas alimañas todos los colombianos pero pareciera que cada día entran más y más a la lista vergonzosa.

Los ejemplos sobran. Basta mirar hacia el horizonte de los negociantes de la salud aún antes del Covid-19 para constatar que son un ejército de sinvergüenzas que se han enriquecido a costa de los necesitados de atención, enfermos de todas las enfermedades que han estado expuestos a los sinsabores de las citas programadas a meses de distancia en el tiempo, los medicamentos que no sirven para nada y se recetan para todo, de los hospitales que no los reciben, de los paseos de la muerte, de la guerra de las ambulancias. Con la llegada del coronavitus se sumaron los comerciantes de la cremación de cadáveres, los funcionarios públicos que desde el gobierno central, las gobernaciones y las alcaldías favorecen a sus amigotes y hacen festín con los contratos destinados a las ayudas alimentarias para poblaciones vulnerables, la compra de elementos de protección para el personal de salud. Son una verdadera vergüenza, una ponzoña para la sociedad, unos malhechores que deberían estar presos y sirviendo de escanio público por el grado de escoria que han alcanzado.

 

El caso José Julián

 

Lo acontecido con el médico José Julián Buelvas Díaz en Soledad -Atlántico- no solo es denigrante sino la muestra palpable de la sinrazón y la ignorancia. Alguien, al parecer familiar de una persona fallecida que había sido atendida por este galeno, le mandó coronas mortuorias y un panfleto para simbolizar su atolondrada venganza. La muerte de un ser querido es dolorosa y puede causar penas profundas pero de ahí a amenazar de muerte al médico que ha expuesto su propia vida para tratar de salvar la de otro ser humano en medio de una pandemia que ha causado más de 400 mil fallecimientos alrededor del mundo, no es solo un despropósito sino una actitud innoble que puede caber en el código penal.

El médico amenazado denunció el caso con lágrimas en los ojos, las autoridades le brindaron protección y el personal sanitario del hospital donde trabaja lo recibió entre aplausos y frases de aliento y solidaridad. Algo reconfortante en medio de tanta calamidad.

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